Cada minuto de esta soledad, cada palabra vacía que viaja en el tiempo y flota sobre desiertos de cal, o corazones de sal, tan pérfidos, tan temibles, tan terrible, tan humanos.
Somos como aquel viaje sin comienzo ni final, como esta eternidad que nada entre nuestros mares y nos recuerda aquellos días de verano mirando el mar y arrullándonos con la brisa de abril, aquella brisa que traía prisa, aquella magia que envolvía el tiempo, nuestro tiempo, tu tiempo.
Y revoloteábamos entre historias, castillos, un cuento sin rumbo o un rumbo de cuentos y ya no estás para reírte de tantas ironías, y ya no estás para escucharme, y ya no estoy para abrazar tu nombre en esta inmensidad de sermones lejanos que replican que fui yo solo yo quien mando al volar aquella palabra que comenzó a soñar en este cuento que comencé a escribir.
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